martes, 18 de mayo de 2010

hubo un tiempo en que nos divertíamos bajando estrellas del cielo, sin escalas al plato y masticar lo que sea. aquellas noches las calles no eran peligrosas; el peligro estaba vivo en la esquina nomás, latía con tal fuerza que contrarrestaba dignamente el embate de todos. la barra la integrábamos nosotros, diez o doce comensales fieles a la adolescencia, a sus ritos, a sus modas, a nuestra forma insignificante de vida. algunos arrastrábamos historias de años, que llegaban veladamente desde detrás de un vidrio polarizado, reflejo eterno de un pasado menor, almuerzos, cuadras, timbres, las tardes de fútbol por dos pesos, y una lista interminable de fechorías audaces.

era usual llegar al punto de origen para notar el virus infeccioso que amenazaba con extinguir nuestra relativa paz. Federico (o Fernando, quién sabrá), el morocho, Peña en sus últimos intentos, amigos del gordo Leo, de otros clanes, invadían el círculo que creía cerrado, pisaban hasta el achaque los peldaños de una escalera que no resistiría más trepaduras ni travesuras. cuando se necesitaba una apertura superlativa de los nervios receptores, agudizar los sentidos en vista del sacrificio que nos exigirían los tiempos venideros, era cuando me entraba el miedo a perder mi porción de torta, áquella que degustábamos y endulzaba los minutos.

la paranoia que nos perseguía incesante era la bofia. bastaba con alzar el volumen para que sus autos federados acelerasen y frenasen frente a nuestras narices congeladas; sin embargo, mantuvimos la buena moral invicta, y para cada redada teníamos una salida preparada, a cada pregunta una respuesta, así como para cada bolche hay un menche. el procedimiento era siempre el mismo. el ballet oscuro llegaba y ensayabámos la rutina, conociendo ya desde siempre dónde había que ubicarse, qué hacer y qué no hacer (eso era lo importante), además estaban nuestros derechos, los helechos los pertrechos desechos rehechos maltrechos subyugados a una escenita memorable. de frente a la pared, practicaban con nuestros tobillos la resistencia de sus botas, de cuero fundido negro, atomizado al cuero de esas piernas como un solo pistón fulminante. lo que llaman 'brutalidad' lo fuimos conociendo de golpe, a zarandasos puros, sin necesidad de Platones que nos expliquen un contenido furioso de la conducta semi-animal de estos impunes autoritarios.

una única vez el barco zozobró y estuvimos al límite de hundirnos y terminar durmiendo custodiados. el Pollito habló en exceso, técnica deleznable para las tortugas auriazuladas y su metodología excluyente de elocuencia. en dos segundos (sabiendo que la eternidad dura lo que duran dos condenados segundos) nos vi hacinados, sobre trapos mugrientos en un hotel (-)5 estrellas, rodeados de orines y paredes desnudas. tres paredes de cemento frías y otra por la cual nos helaba la frialdad sentimental de los guardianes, el aroma frío de unas pizzas y los cubos que echaban en las copas de vino. la marea pasó baja, naufragamos, pero recuperamos la compostura y el barco.

nuestros tutores estaban ocupados en educarse y espiarnos, en vez de informarnos que Dios no es Dios, que no hay límites mentales para la mayoría de edad, o que la venganza es consecuencia ineludible de la suma de dolor y poder. nos la tenían jurada. por eso el asesinato de Adrián, por eso el casi-asesinato de Quique, por eso también Dieguito ¡pobre! chivo expiatorio de nuestros pecadelitos que no obtendrían redención terrenal.

en este planetita inventariamos buenas y malas, las que hacen sonreir y las otras; pero vislumbré el punto blanco final al que marchábamos, milicia urbana cruzando los Andes todos los días. lo mío era nuestro, lo tuyo también era nuestro, una vida simplificaba las otras, acaso mimetizados y al morir uno los restantes simplemente se desintegrarían, ahondándose en un interno big bang al revés y ¡BANG! liquidado estás. el fin del universo, de los multiversos que conformaban la amalgama poética de la esquina.

"Las cinco esquinas" la llamé, aunque en realidad eran seis.


en algún momento del 2003
a la edad de 17 años

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