lunes, 7 de junio de 2010

naratio

Volvía caminando despacio por la vereda derecha, las manos en los bolsillos, a paso seguro pero lento. En la esquina apareció de repente un algo, simplemente se trasladó hacia delante a un ángulo desde donde lo pude ver. En apariencia era un ser humano normal; hombre, mediana edad, tenía unos kilitos de más y una estampa de vida amargada. Su vestimenta era la de suponerse para una tarde de Junio, un día nublado y con el aire que pesa como si las nubes se recostasen en su espalda. Sin embargo, sentí que el personaje había surgido de otra lapicera, en otra hoja distinta a ésta pero la misma, en otro tiempo similar al actual, tal vez fuera efecto de mi psiquis, o tal vez lo hubiera soñado y escrito ya desde siempre.

Quizá la combinación de colores restallaba en mis ojos agrietados, el naranja de la remera y el verde oliva de la chaqueta mutando, confundiendo sus límites y la esencia que determina que uno es naranja y el otro verde, que no es posible tratar de imitar a sus iguales y el asunto se acabó. Qué tantas explicaciones hay que andar dándole a un inmutable color… El pantalón jean, el reloj en su muñeca izquierda, el cigarrillo a medio fumar y la céniza por caerse, la tipicidad del olvidado por un sistema que no entiende de corazones frágiles y mentes suicidas, todo me indicaba que aquel pobre hombre era just one more, que verlo a él era algo natural y que por día se cuentan miles.

Nada de esto sería raro sin mencionar que al intentar mirarlo a los ojos, noté que en el lugar donde tendría que estar su cabeza, había una lámpara. <<¿Una lámpara?>>. Sí, una simple lámpara de luz como las que se consiguen en la ferretería de Julio a la vuelta de casa.

Al acercarme, distinguí sus facciones en detalle, sin sorprenderme del origen de una inquietud que nacía interiormente en mí, una brisa rápida que me helaba los huesos mientras le daba calor al cuerpo. ¿Cómo era posible que un sujeto así estuviese en esa esquina, vestido, compartiendo la vida con nosotros? Seguí acercándome a aquél con la misma paciencia que paseaba antes de conocerlo. Me pregunté cómo haría para fumar o respirar; si bajo esa ropa llamativa habría un cuerpo o un complejo entramado de cables. Las manos eran humanas, al menos; el sombrero también (no hay lámparas que escojan sombreros de traje para usar en su inmenso cristal). Si le dijeran que observe un punto específico, ¿podría hacerlo? ¿Podría usar ojos para ubicarme enfrente suyo, él estancado y yo en movimiento constante hacia él, y notar que en el lugar de mi cabeza hay una lámpara, que soy un algo extraño y sorprendente del cual debieran tener cuidado?

El mecanismo para estar sostenido en el peso de un pie y descansar el otro era legítimamente un acto humano. Movía sus piernas al compás del viento, únicamente le faltaba la mujer al lado para deleitarse en un baile de tango antiguo. Mis pies mientras tanto se arrimaban al círculo imaginario de su pista, rompiendo la seguridad de quien se cree dueño de su espacio, lo que hizo a aquél alarmarse y terminar el pucho en seguida y volver a entrar. No alcancé a observar cómo había podido fumar, duda vacía de contenido, pero de interés casi científico, casi curioso.

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